' Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón'
Antonio Machado
Cercano al despropósito y la exageración, el cine de Alex de la Iglesia evidencia la compleja formación del realizador -donde confluyen tanto la historieta como el cine clásico- a la vez que revela su percepción del devenir español. Basta recordar una escena de El Día de la Bestia (1995) -acaso su filme más famoso- donde el ocultista televisivo Cavan (Armando de Razza) entra en un autoservicio para comprar un champán con el que pretende amenizar su cita nocturna. Al ingresar al local encuentra que sus dueños -todos inmigrantes- han sido masacrados. Todo está cubierto con rastros de sangre y de violencia, las huellas del paso por el lugar de una patota ultranacionalista. Sin inmutarse, Cavan salta sobre los cuerpos y toma la botella de la heladera. Despreocupado por lo sucede a su alrededor, nada parece impedirle disfrutar la noche. En esta muestra de humor negro, De la Iglesia pinta en pocos planos lo mucho que pasa en España, las tenebrosas derivaciones del individualismo y la xenofobia.
Situaciones como esta se hallan presentes en Muertos de risa, su último filme estrenado, que él mismo se encargó de presentar en Buenos Aires en el marco del II Festival de Cine Independiente. El pasado 1ro. de abril la película cerró el XVIII Festival Internacional de Cine Fantástico de Bruselas, y aún no tiene fecha de estreno comercial en Argentina, lo cual resulta extraño si se tiene en cuenta el suceso de público en su país de origen[i] y sus propios méritos como producto artístico. Para protagonizarla el director convocó a Santiago Segura quien, junto con Alex Angulo, es uno de sus actores fetiches- y a El Gran Wyoming, conductor de la versión española del programa televisivo Caiga quien caiga. Con ellos y el resto de los actores encaró la filmación con su habitual estilo de trabajo, sin margen para improvisaciones. Esta obsesión por el ensayo y la precisión, característica de toda la obra de De la Iglesia, es particularmente interesante en este filme, dada la intensidad de algunas de las escenas.
Muertos de risa es una obra múltiple. Constituye una reflexión acerca de la progresiva decadencia cultural, una mirada corrosiva sobre las relaciones humanas y una reseña de veinte años de vida española (1972-1992)[ii].
La calidad de un filme está asociada muchas veces a la variedad de lecturas
que suscita.
Y en este aspecto la película de Alex de la Iglesia es particularmente
rica. Como muchas obras interesantes, su punto de partida fue una idea simple.
El primer objetivo fue el de contar la historia de dos humoristas -Nino y Bruno-
que alcanzan el éxito a pesar del mutuo odio que se profesan. La inspiración
para componerlos nació a la sombra de los dúos que alguna vez pulularon
en la televisión española, como «Martes y Trece'; «Tip
y Coll'; «Esteso y Pajares', y «Faeminio y Cansado'. La ubicación
temporal de la acción surgió así casi en forma natural.
Los setenta fueron según De la Iglesia «la época dorada
de los humoristas en España... La Transición encaja mucho con la
infancia ingenua de los personajes y con su posterior deterioro' [iii]
El comienzo de la carrera de los protagonistas se desarrolla en los últimos años de la dictadura franquista. La escena que muestra cómo se conocieron los miembros del dúo en un pueblito del interior español sirve también para evidenciar la brutalidad del régimen de Franco, aún en sus años postreros. Ya en Madrid, la primera prueba televisiva de la pareja nos permite conocer lo que De la Iglesia ha llamado «la televisión albana'. Es decir, el tipo de TV -infantiloide y conservadora- que vio en su infancia y que responde a los patrones de la tiranía [iv]. Como consecuencia de que gran parte del éxito de Nino y Bruno se produce en este medio Muertos de risa permite reconocer la continuación y permanencia de los resabios 'albanos' en la televisión. La actuación del mentalista Uri Geller en un programa de los setenta y su repercusión entre los televidentes nos da una idea de esta popularización de la banalidad.
Incluso esto está presente en la recreación del fallido intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, conocido como 23 F ó «Tejerazo', llamado así por su líder, el coronel Antonio Tejero. La sublevación militar aparece como una función más de esta TV, como una muestra adicional de un espectáculo decadente. En este aspecto, el 'acto final' de los humoristas es consecuente con su trayectoria. Es una presentación morbosa que resume en sí misma toda una forma de abordar la televisión que responde a la propia historia profesional de los protagonistas. Nino y Bruno nacen en los teatros de provincia pero se desarrollan y 'mueren' en el mismo medio que los llevó a la fama y la autodestrucción. En un ámbito donde la repercusión se basa en muchas ocasiones en la exhibición de las crueldades y las miserias humanas.
En esencia, el propio espectáculo de los humoristas es un acto de crueldad. El nacimiento del dúo se produce a partir de un hecho violento. Un grupo de milicianos franquistas destruye el local donde Nino -quien se gana la vida como intérprete de las canciones del fallecido cantante español Nino Bravo- hace su presentación. Esa misma noche conoce a Bruno. Más tarde, en Madrid, se asocian con Julián, un representante sin escrúpulos. Pero no dejan de ser dos aspirantes a artistas sin talento.
Afiche de la película Muertso de Risa de Alex de la Iglesia