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Contrapuntos de un desencantado, el escritor egipcio Naguib Mahfouz

| Marcelo Sierra | 13.Enero.01 |

Naguib Mahfouz nació en El Cairo en 1912. Después de licenciarse en Filosofía, optó por dedicarse a escribir y publicó sus primeros relatos en la revista Madjalla al-Djadida. Estas primeras nouvelles, influenciadas por el resurgimiento nacionalista de entreguerras ponen el acento en la grandeza pasada de Egipto, pero manifiestan también un poder de observación realista que va a desarrollarse inmediatamente en la pintura de la vida cotidiana de los habitantes de El Cairo. No recibió ningún tipo de pago por ellas, lo que le valió el apodo de al Sabir, es decir "el paciente". Luego de este período de novelas históricas, inaugura un estilo cercano al realismo social y logra con él su primera obra maestra, la "Trilogía".

En ella describe la historia de una familia a lo largo de tres generaciones, de 1917 a 1944. Situada por completo en una callejuela del viejo Cairo, esta saga critica, bajo el disfraz de una novela, las restricciones, la represión  que asfixia la vida social egipcia: el patriarca, Ahmed, hace reinar una especie de terror doméstico que no puede compensar la generosidad de su mujer, Amina.

Mahfouz utiliza un recurso que se hará habitual en él: el contrapunto de las voces, que construyen un relato polifónico, recurso de vieja tradición en los cuentistas árabes y que es aprovechado por otros novelistas de la región.

En 1959, abandona el realismo social para consagrarse a una exploración de los conflictos del hombre con el tiempo, más que con la sociedad, recurriendo en gran parte al simbolismo y las técnicas del monólogo interior, procedimientos que acercan su obra a la poesía más que a la prosa.

Entra las obras de ese período hallamos Hijos de nuestro tiempo, El ladrón y los perros, La codorniz y el otoño. Cada una de ellas es un análisis extremadamente lúcido de sus angustias frente a la soledad y el individualismo.

Miramar, novela de Naguib Mahfouz (1967)

La novela que presentamos, Miramar, pertenece a un tercer estilo del escritor, síntesis de sus estilos anteriores. La historia transcurre en una pensión de Alejandría (Miramar) que ha sobrellevado las convulsiones que sacudieron el Egipto contemporáneo desde la fallida Revolución socialista. La voz del primer personaje la describe, ya en el comienzo, así: "Me enfrento otra vez al viejo y sólido edificio. ¿Cómo no reconocerlo? Lo he conocido siempre y sin embargo me contempla como si no hubiéramos compartido el pasado. Con sus paredes desteñidas por la humedad, se impone y domina la lengua de tierra, cubierta de palmeras y frondosas acacias, que penetra en el Mediterráneo hasta un punto donde, durante la temporada, pueden oírse los disparos que estallan incesantemente."

Mahfouz nos instala, con pocas palabras, en la melancolía del lugar, y lo presenta, ante el lector, como un personaje más, casi un ser vivo ("...me contempla como si no hubiéramos compartido el pasado...").

También la ciudad participa como personaje en la novela, actúa como una mujer a la que se ama o se desprecia. El novelista recurre, para referirse a ella, a sus metáforas más intensas, muchas veces nacidas de la tradición histórica o religiosa musulmana: "Alejandría: Por fin Alejandría, Dama del Rocío. Flor de aureola blanca. Seno de resplandor, mojado con agua del cielo. Corazón de la nostalgia, empapada de miel y lágrimas."

En, Alejandría, en la pensión Miramar, cinco personajes viven y cuentan, a su modo, la historia de un fracaso colectivo: el de la revolución socialista de Nasser, cuyas consecuencias se reflejan en cada página de la novela. Mahfouz les otorga una voz por capítulo, relatan su decepción en primera persona. Los personajes más jóvenes parecen egoístas, perdidos en las transformaciones sociales. Trascienden de ese modo la realidad egipcia y se convierten en arquetipos universales: podrían ser un joven de Londres, Tokio o Buenos Aires. Tal vez el más perturbador de ellos es Hosny, una especie de playboy, que trata de convertir su decadencia en una vida con estilo.

Con una técnica casi cinematográfica, el autor, en la voz de Hosny describe uno de sus permanentes recorridas en auto: "Mi coche va devorando el pavimento de las calles agrietadas. Los postes de la luz y los eucaliptos van volando en la dirección contraria. La velocidad reaviva el corazón y acaba con el tedio, el aburrimiento, mientras el viento aúlla como un maníaco, sacudiendo las ramas y hojas de los árboles, y la lluvia golpea la tierra... Allí por donde hay caminos, voy con mi coche."

Pero el personaje central de la novela, aunque no posee voz propia, es una campesina, Zohra, que representa el Egipto de la tradición y, a la vez, el de los oprimidos, intentando transformarse en una mujer moderna como su país en una nación desarrollada. Los personajes masculinos más refinados de la historia se mueven alrededor de ella, para protegerla o para ejercer la brutalidad de sus deseos. El relato se convierte de ese modo en la interrogación sobre el futuro de una identidad posible para Egipto en medio de las transformaciones. Para describirla, Mahfouz dice: "Miré el rostro pálido de Zohra, las lágrimas dibujadas en las mejillas; estaba deshecha. Me pareció verme reflejado en un espejo o, más bien, que la vida se enfrentaba a mí con un primitivismo cruel, con su indicio de falta de posibilidades, su indomabilidad espinosa y sus esperanzas falsas e inútiles: estas características se manifiestan en la fuerza de su espíritu eterno, que mantiene su atractivo tanto para los ambiciosos como para los desesperados y da  a cada uno lo que se merece. Allí estaba Zohra, humillada y deshonrada. Sí, era como verme reflejado en un espejo.

" Y el lector se pregunta ¿Está hablando solamente de Zohra, o también se refiere a su país ( o cualquier otro país que no encuentra su razón de ser cuando debe cambiar)?. Pero Miramar no es una mera novela social y política. Está inscripta en un tiempo mucho más extenso, mayor preocupación del escritor de los últimos años. Es por eso que en esta novela la presencia de otro tipo de tiempo, el meteorológico, aparece con frecuencia e intensidad, como marcando una realidad más amplia, la de las estaciones y los días o, en definitiva, la eternidad. Eternidad que se introduce, además, con recurrentes citas del Corán, trasfondo de una civilización muy poco conocida por los occidentales, pero que enfrenta los mismos problemas que nosotros.

"El Faraón era altivo en la Tierra de Egipto. Dividió a sus habitantes en clases. Debilitaba a un grupo de ellos: sacrificaba a sus hijos y dejaba vivir a sus mujeres.
El era uno de los corruptores." Corán XXVIII. 1-6 (el Azora del Relato)

"En la Cornisa, mientras las olas se elevaban al chocar contra el acantilado y el viento frío me daba en la cabeza, deseé tener algo valioso en las manos para poder romperlo en pedazos contra el suelo. Sabía que sólo un desastre de gran escala, algo como un colosal terremoto, podía devolver la armonía."

Miramar fue editada por ICARIA con traducción de Magdalena Martínez Torres y M.Alomar Saffour.

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Fuente: Tuxys

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